Al tercer día resucitó. ¿Quiénes más podrán salvarse?

Al tercer día resucitó. ¿Quiénes más podrán salvarse? 

Seguimos a vueltas de la vida tan rauda de hoy día. No hay tiempo para pensar.
Transitamos apurados, ahogados en la monotonía del mundo ruidoso sin alma.
Presumimos de bienes vacíos, de vivencias y postureos diversos, de aprendizaje.
Pero en este mundo está prohibido confesarse cristiano, vivir la fe, amar.

Es un mundo perverso. Siempre lo fue así en el fondo, siempre hubo maldad.
Los poderosos compran con vicios las almas de la gente, y nadie es feliz.
Creen ser felices hasta que desaparece el bienestar. Mundo material. 
Y tarde y mal se doctoran en técnicas orientales y terapias de vacío mental.

Y así continuamos el viaje fugaz hacia una muerte sin sentido. Sin verdad.
Porque el mundo nos arrebató la luz y la verdad, y no quisimos creer.
Cristo vino al mundo, habitó entre nosotros, y predicó el evangelio.
Trajo la luz que da sentido a todo. Y el mundo le condenó por no querer la luz.

Al tercer día resucitó. ¿Quiénes más podrán salvarse?

Misericordia y piedad, silencio. Cuando en las horas previas, espera de dolor.
Por nosotros no renunció al cáliz de fuego. Sufrió tormento y humillación.
Las huestes lo condenaron, por infamias y maldad, al santo de Dios.
De muerte de cruz dejó su alma para salvar a las almas perdidas.

Pero nosotros, ¿nos salvaremos, o nos perderemos? Si no creemos, mal.
Por nosotros mismos no podemos. Sólo por Cristo podremos, en la fe del amor.
Atrás quedan riquezas y andanzas. El dinero no tiene valor, lo material muere.
Las andanzas sin amor, estériles recuerdos quedan en el olvido de la nada.

Al tercer día resucitó. ¿Quiénes más podrán salvarse?

Tantas soberbias y egos, que cuando entran en coincidente razón,
cuando por casualidad la verdad conecta con sus adivinanzas, o más bien,
a toro pasado presumen de su gran perspicacia e inteligencia frente al resto.
¡Cuánta humildad nos falta! Para lo poco que somos, divinidad se humilló más.

Vive, ama y piensa, desde lo más humilde de tu ser. Nunca quieras ser mayor.
Sé tu mejor versión de ti mismo. Déjate morir como semilla que ha de germinar.
Vive para el amor, vive para el prójimo. Vive como amó Cristo a todos.
Incluso a quienes nunca le quisieron bien. El bien sólo sabe de perdón y amor.

El Padre celestial sufre por toda alma que cae en perdición, porque Él no borra.
La muerte es la negación a Dios; vive quien negando todo, se aferra sólo a Él.
El Padre se alegra por cada oveja descarriada que recobra la luz y el sentido.
Todo el cielo espera por cada uno de nosotros que llegamos a vernos juntos.

Os deseamos unos días de recogimiento, reflexión, conexión con Cristo.
No son días de vacaciones, al menos para los que tenemos fe. 
Cristo vencerá a la muerte de nuevo, tantas veces haga falta, por todos.
Por cada uno de nosotros. Feliz Semana Santa.






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