Las tiranías invisibles

Las tiranías invisibles

Un mundo sin empatía ni inteligencia. No se me ocurriría otro título para describir la realidad de nuestro tiempo. Hay un triste ejemplo de ello, hay muchos más, pero el de este país es de los peores que existe, pues sus dirigentes y élites sociales están completamente desconectados de toda realidad de la mayoría de sus habitantes.

Hay una nación que está dividida en 17 reinos de taifas. Falsos reinos sin rey, pues sólo hay un rey de paja para todos, en donde gobernaba en cada cual un tirano distinto. Cada lugareño de cada reino se creía mejor que el resto. Nada de lo que les pasara al resto les importaba nada.

Eran incapaces de ver más allá de lo que los medios de comunicación les imponían. La televisión era su biblia. La radio su rosario. Su religión una forma de paganismo sectario posmoderno, radicalizada al máximo nivel. 
Todos los pecadores eran malditos, todos los malditos merecían la muerte. No se permitía dudar de nada que los predicadores difundieran por las ondas.
El egoísmo y la soberbia eran virtudes máximas. La estupidez senda de fe.

Esa estúpida forma de existir nos costará la dignidad de todos.

Había otro aspecto clave. Para fomentar el regionalismo y poder implantar la tiranía había que destruir la identidad nacional de todo el país, y para ello durante décadas se hicieron campañas de aleccionamiento y subversión en las escuelas y universidades para convertir a los ilustres padres de la patria y sus ejércitos en sanguinarios criminales autores de miles de muertes. 

La realidad fue la opuesta. Aquella nación, con apenas unos puñados de valientes, conquistaron medio mundo, participaron en guerras para derrocar a tiranías sanguinarias indígenas movilizando y guiando al pueblo sometido, al que libertaron y dieron su fe y cultura.
Construyeron ciudades, aumentaron su producción agrícola, construyeron universidades y les dieron una nueva identidad de nación.

Siglos más tarde se emanciparon, con toda conciencia de nación y sin renegar de su pasado. Hasta ahora, pues el discurso también ha llegado a esos lugares, el veneno se impone para crear un odio cada vez mayor y división y aislar a la antigua nación de sus antiguas provincias de ultramar.

Aislada. Rota. Para imponer la tiranía invisible.

Tiranías invisibles. El secreto de la dictadura perfecta está en no hacerse notar. Nadie piensa que existe, porque habita en todos. La gente alimenta la tiranía desde su orgullo, egoísmo, envidia.

Todo está bien si el prójimo sufre más. Da igual lo que pase. No hay que pensar, pensar es sufrir y someterse es placentero por el poco esfuerzo intelectual que supone. Es el principal sustento de toda dictadura.

Esa estúpida forma de existir nos costará la libertad a todos.   

En medio de esa oscuridad se alza una débil luz, luz sanadora y de amor auténtico, una luz que no condena, no juzga, mas denuncia la injusticia. 
Una luz que el ser borrego medio pretende tapar o destruir. Es lo típico de todo sectario, obedecer y destruir todo lo que sea distinto a su creer. Forma parte de la tiranía invisible.

Y en eso se distingue cada uno.

Da igual que esa luz sane. Da igual que haya pruebas, que más dará que sea guiada por el auténtico amor que dio la vida a toda existencia, da igual todo. Sólo importa mantener la tiranía, seguir siendo esclavo de la nada.

Esa estúpida forma de existir nos costará la vida a todos.



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