Los rigores de un verano absurdo
Los rigores de un verano absurdo
Era algo que nos temíamos desde primavera. Que nada iba a ser igual en este año.
En realidad parece que pocas cosas hayan cambiado. La gente en general ha buscado la manera de hacer su vida de siempre, el veraneo, el terraceo...
Con las consabidas restricciones ha bajado la actividad turística a niveles ridículos. ¿Por qué? Resulta que dependemos más de nuestros vecinos de lo que pensábamos. Y nuestros vecinos nos han dado puerta....en las narices. No se fían. El resultado está ahí, un país para comérselo....y se pudre.
Son esos rigores de un verano que se ha vuelto raro, que ha dejado de ser de todos para ser sólo de unos. Pero a los niños no se les puede negar. Sé niño. Y no te dejes sucumbir por los rigores de un verano absurdo.
Es mejor hablar del ahora. No nos espera ningún futuro. No existe. Lo que se avecina es la desaparición, la muerte. No sabremos si vamos a existir. Y en realidad lo menos peligroso es el virus, que sigue coronado, pero solo en la prensa.
Mejor hablemos de lo que fue o pudo ser. De los atardeceres en la playa, la brisa del mar, la arena caliente masajeando la piel, la caricia del mar.
O porque no de los verdes paisajes de la meseta, la montaña, la paz del campo. Cualquier recuerdo feliz, merece la pena conservarse. Es mejor no pensar nunca más, pues el futuro se señala negro, tenebroso... Si no se piensa, no se siente mal.
Los tiempos de ahora nos llaman a vivir fuera de consignas, de telediarios, de cualquier imposición. Que ese aroma de verano no se pierda nunca, ha de ser nuestra inspiración. Ahora más que nunca, porque nuestro mayor temor no es la naturaleza, ni un miserable virus....es la maldad humana que no cesará de tratar de cobrarse nuevas víctimas.
Negaros a formar parte de sus estadísticas. Vive libre. Feliz. Sin miedo. Con cordura. Con talento. Con perseverancia. Con sentido común.
Sigue sintiendo la brisa del mar. Siempre.
Era algo que nos temíamos desde primavera. Que nada iba a ser igual en este año.
En realidad parece que pocas cosas hayan cambiado. La gente en general ha buscado la manera de hacer su vida de siempre, el veraneo, el terraceo...
Con las consabidas restricciones ha bajado la actividad turística a niveles ridículos. ¿Por qué? Resulta que dependemos más de nuestros vecinos de lo que pensábamos. Y nuestros vecinos nos han dado puerta....en las narices. No se fían. El resultado está ahí, un país para comérselo....y se pudre.
Son esos rigores de un verano que se ha vuelto raro, que ha dejado de ser de todos para ser sólo de unos. Pero a los niños no se les puede negar. Sé niño. Y no te dejes sucumbir por los rigores de un verano absurdo.
Es mejor hablar del ahora. No nos espera ningún futuro. No existe. Lo que se avecina es la desaparición, la muerte. No sabremos si vamos a existir. Y en realidad lo menos peligroso es el virus, que sigue coronado, pero solo en la prensa.
Mejor hablemos de lo que fue o pudo ser. De los atardeceres en la playa, la brisa del mar, la arena caliente masajeando la piel, la caricia del mar.
O porque no de los verdes paisajes de la meseta, la montaña, la paz del campo. Cualquier recuerdo feliz, merece la pena conservarse. Es mejor no pensar nunca más, pues el futuro se señala negro, tenebroso... Si no se piensa, no se siente mal.
Los tiempos de ahora nos llaman a vivir fuera de consignas, de telediarios, de cualquier imposición. Que ese aroma de verano no se pierda nunca, ha de ser nuestra inspiración. Ahora más que nunca, porque nuestro mayor temor no es la naturaleza, ni un miserable virus....es la maldad humana que no cesará de tratar de cobrarse nuevas víctimas.
Negaros a formar parte de sus estadísticas. Vive libre. Feliz. Sin miedo. Con cordura. Con talento. Con perseverancia. Con sentido común.
Sigue sintiendo la brisa del mar. Siempre.

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