Lágrimas en la mar
Lágrimas en la mar
En la lejanía resuenan truenos de tormenta, llantos de sirena,
de gentes que su tierra rechazó para sí. Del hambre huyen.
Huyen de la realidad de su tiempo. Guiados por un rayo de luz.
Una luz que no es pura. Es de un color que torna a verde.
Unos los llaman héroes, otros los rechazan. En verdad,
¿nadie piensa en quienes no están entre ellos? A muchos dejaron.
Nadie quiere asumir su porqué. En verdad, a la tierra prometida van.
Pero esa tierra no es más que ilusión creada por quienes interés generan,
interés en comercializar sus almas, en generar titulares, y remover,
una falsa conciencia basada en la culpabilidad ajena. Mas no es verdad.
Los auténticos necios son quienes les llenaron su mente de ambición,
de promesas de una vida cómoda y suculenta, lejos de la miseria.
Unos trafican con las olas del mar. Otros trafican con sus remansos.
Y otros, aun peor, se benefician de su pesar una vez que el mar dejan.
Los acogen, les procuran sustento, incluso salario. Luego jornal.
Un jornal, miserable. Dicen que somos unos ingratos y que ellos,
mal nos pese, hacen un cometido que nadie quiere. Por tontos.
Por tontos nos dejamos engañar y permitimos esa servidumbre.
Mas muchos no llegarán a la labranza, y elegirán las ciudades.
Falta labor, falta oferta. Les acogemos pero es una trampa.
No les queda otra que delinquir. Mas no es justo, para nadie,
blanquear las culpas. Una cosa no quita la otra. Nadie puede,
por más que el hambre llame a su puerta, de llamarse digno,
de corromper su ser entregándose al libre albedrío fuera de la ley.
Más tarde al caer la tarde, antorchas lejanas se vislumbran. ¿Quienes?
Son ellos, que en el silencio de los cortesanos, reclaman las promesas,
las promesas falsas dadas que por más pronto quieren ser satisfechas.
Ante las llamas, solo hay víctimas inocentes. Inocentes como quienes,
en el silencio sepulcral, dieron su vida, o yacen en su tierra sin esperanza.
Y mientras estos, solo piensan en las mentiras que les emponzoñaron.
Lágrimas en el mar, llantos en la tierra, recuerdo de pesares.
¿En qué día, de verdor primaveral a otoño gris mutó su patria?
Quienes fueron responsables en su día, en todos cargan su culpa.
Hipócritas. Vosotros os erigisteis en soberanos ante los pueblos,
falseáis vuestra tiranía con democracia, y os hacéis llamar buenos.
Un día formaréis parte del polvo que hicisteis remover.
Vosotros, que escucháis, que vuestras almas no se dejen engañar,
por quienes viven del arte de la mentira. Solidaridad siempre,
pero de verdad. Pagar tributo no se llama caridad, obligado es,
y la caridad no entiende de obligaciones, nace del alma.
No mercantilicéis con los sentimientos de la gente, ni con el hambre,
que la vida cobrará su tributo a todos los que se dejaron engañar.
En la lejanía resuenan truenos de tormenta, llantos de sirena,
de gentes que su tierra rechazó para sí. Del hambre huyen.
Huyen de la realidad de su tiempo. Guiados por un rayo de luz.
Una luz que no es pura. Es de un color que torna a verde.
Unos los llaman héroes, otros los rechazan. En verdad,
¿nadie piensa en quienes no están entre ellos? A muchos dejaron.
Nadie quiere asumir su porqué. En verdad, a la tierra prometida van.
Pero esa tierra no es más que ilusión creada por quienes interés generan,
interés en comercializar sus almas, en generar titulares, y remover,
una falsa conciencia basada en la culpabilidad ajena. Mas no es verdad.
Los auténticos necios son quienes les llenaron su mente de ambición,
de promesas de una vida cómoda y suculenta, lejos de la miseria.
Unos trafican con las olas del mar. Otros trafican con sus remansos.
Y otros, aun peor, se benefician de su pesar una vez que el mar dejan.
Los acogen, les procuran sustento, incluso salario. Luego jornal.
Un jornal, miserable. Dicen que somos unos ingratos y que ellos,
mal nos pese, hacen un cometido que nadie quiere. Por tontos.
Por tontos nos dejamos engañar y permitimos esa servidumbre.
Mas muchos no llegarán a la labranza, y elegirán las ciudades.
Falta labor, falta oferta. Les acogemos pero es una trampa.
No les queda otra que delinquir. Mas no es justo, para nadie,
blanquear las culpas. Una cosa no quita la otra. Nadie puede,
por más que el hambre llame a su puerta, de llamarse digno,
de corromper su ser entregándose al libre albedrío fuera de la ley.
Más tarde al caer la tarde, antorchas lejanas se vislumbran. ¿Quienes?
Son ellos, que en el silencio de los cortesanos, reclaman las promesas,
las promesas falsas dadas que por más pronto quieren ser satisfechas.
Ante las llamas, solo hay víctimas inocentes. Inocentes como quienes,
en el silencio sepulcral, dieron su vida, o yacen en su tierra sin esperanza.
Y mientras estos, solo piensan en las mentiras que les emponzoñaron.
Lágrimas en el mar, llantos en la tierra, recuerdo de pesares.
¿En qué día, de verdor primaveral a otoño gris mutó su patria?
Quienes fueron responsables en su día, en todos cargan su culpa.
Hipócritas. Vosotros os erigisteis en soberanos ante los pueblos,
falseáis vuestra tiranía con democracia, y os hacéis llamar buenos.
Un día formaréis parte del polvo que hicisteis remover.
Vosotros, que escucháis, que vuestras almas no se dejen engañar,
por quienes viven del arte de la mentira. Solidaridad siempre,
pero de verdad. Pagar tributo no se llama caridad, obligado es,
y la caridad no entiende de obligaciones, nace del alma.
No mercantilicéis con los sentimientos de la gente, ni con el hambre,
que la vida cobrará su tributo a todos los que se dejaron engañar.

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